Cartografía
Un mapa nunca es solo un dibujo del territorio. Es la respuesta de una época a tres preguntas: dónde estoy, qué hay más allá y cómo lo cuento. Este es un recorrido breve por cómo la humanidad ha ido contestándolas, desde una tablilla de barro hasta los satélites que hoy fotografían cada rincón de México.
El mundo en una tablilla de barro
El mapa del mundo más antiguo que conocemos cabe en la palma de la mano. Es una tablilla babilónica de arcilla, desenterrada en Sippar, a unos 60 kilómetros de Babilonia, y hoy resguardada en el Museo Británico. Los especialistas la fechan alrededor de los siglos VIII al VI antes de nuestra era. En ella, el río Éufrates corre de arriba abajo, Babilonia aparece marcada sobre su cauce y todo el mundo conocido está rodeado por un anillo de agua salada, el "río amargo". Más allá del anillo hay unas regiones triangulares, lejanas y misteriosas.
No servía para llegar a ningún lado. Servía para ordenar el universo: poner la ciudad propia en el centro y explicar qué había en los bordes. Esa idea, el mapa como forma de entender el mundo y no solo de recorrerlo, nos va a acompañar durante toda esta historia.
Grecia: medir la Tierra
Los griegos dieron el salto de imaginar el mundo a medirlo. En el siglo III antes de nuestra era, Eratóstenes de Cirene calculó la circunferencia de la Tierra comparando la sombra que proyectaba el sol en dos ciudades de Egipto. Su resultado quedó sorprendentemente cerca de los 40,000 kilómetros reales.
Siglos después, en el siglo II de nuestra era, Claudio Ptolomeo escribió en Alejandría su Geografía, una obra que hizo algo revolucionario: describir el mundo con coordenadas, es decir, con latitud y longitud. Ptolomeo cometió errores (achicó la Tierra y estiró Asia mucho más de la cuenta), pero dejó la herramienta que seguimos usando hoy. Cada vez que tu teléfono te ubica en un mapa, está aplicando una idea de Ptolomeo.
Edad Media: mapas de fe y mapas de sabios
Durante la Edad Media europea, muchos mapas fueron más teológicos que geográficos. Los llamados mapamundis colocaban Jerusalén en el centro y dividían la Tierra en tres continentes, cada uno heredado por un hijo de Noé. Eran mapas para meditar, no para navegar.
Mientras tanto, en el mundo islámico la geografía científica siguió viva. En 1154, el geógrafo Muhammad al-Idrisi terminó en Sicilia, por encargo del rey normando Roger II, una de las obras más ambiciosas de la época: la Tabula Rogeriana. Tomó unos quince años de trabajo, reunió testimonios de viajeros y comerciantes, y dividió el mundo en siete franjas climáticas y setenta secciones. Un detalle que suele sorprender: el sur está arriba. La costumbre de poner el norte en la parte superior es una convención, no una verdad de la naturaleza.
Instrumentos para no perderse: el astrolabio
Para hacer mejores mapas hacía falta saber con precisión dónde estaba uno, y para eso se necesitaban instrumentos. El astrolabio, perfeccionado durante siglos por astrónomos griegos e islámicos, permitía medir la altura de los astros sobre el horizonte.
Los navegantes portugueses del siglo XV lo convirtieron en una herramienta marítima. Al bajar por la costa atlántica de África, cuando cruzaron el ecuador en la década de 1470, perdieron de vista la Estrella Polar, que les servía de guía. La solución fue medir la altura del sol al mediodía y consultar unas tablas, los regimentos, para calcular la latitud. El astrolabio náutico más antiguo que se conoce fue encontrado en 2014 en los restos del Esmeralda, un barco de la flota de Vasco da Gama hundido frente a Omán en 1503.
Con instrumentos como este, la cartografía dejó de depender solo de relatos de viajeros y empezó a construirse con mediciones.
Un continente aparece en el mapa
En 1500, Juan de la Cosa, marino que había navegado con Colón, dibujó sobre pergamino de piel de ternera la representación más antigua que se conserva del continente americano. Mide casi dos metros de ancho y hoy es la pieza central del Museo Naval de Madrid. Su historia es casi novelesca: se le perdió la pista en 1511 y reapareció más de tres siglos después, en una subasta en París en 1853.
Siete años más tarde, en 1507, el cartógrafo alemán Martin Waldseemüller publicó un enorme mapa mural de doce hojas en el que, por primera vez, aparece la palabra "America". Waldseemüller creía que Américo Vespucio, y no Colón, había reconocido que esas tierras eran un continente nuevo, y lo bautizó en su honor. Fue también el primer mapa en mostrar el Pacífico como un océano separado. Se imprimieron cerca de mil copias; solo sobrevive una, que la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos adquirió en 2001 y llama "el acta de nacimiento de América".
Tenochtitlan en los mapas de Europa
México entra a la cartografía europea por la puerta grande. En 1524 se publicó en Núremberg, junto con las cartas de Hernán Cortés a Carlos V, un grabado de Tenochtitlan. Fue la primera imagen de la ciudad que vio Europa. Muestra el recinto ceremonial al centro, las calzadas que dividen la ciudad en cuatro partes, los canales, los palacios y las casas sobre el lago. Está orientado con el sur hacia arriba y es posible que se basara en un mapa indígena, lo que lo haría, en parte, una visión de la ciudad desde los ojos de sus propios habitantes.
Una generación después, entre 1550 y 1556, se pintó el llamado Mapa de Uppsala, que hoy se conserva en la biblioteca de esa universidad sueca. Durante mucho tiempo se atribuyó al cosmógrafo Alonso de Santa Cruz, pero la mayoría de los especialistas hoy lo atribuyen a tlacuilos, pintores indígenas formados en el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco. Tiene cerca de 200 glifos de lugares y escenas de la vida diaria: pescadores, cargadores, animales y plantas del valle. Es un mapa mestizo en el sentido más literal, donde la tradición pictográfica mexica y la europea conviven en la misma hoja.
Si quieres recorrer esa ciudad con un mapa en la mano, nuestra Guía de Tenochtitlan te lleva a los lugares donde todavía se puede ver.
La Ciudad de México sobre el agua: el plano de Trasmonte
En 1628, Juan Gómez de Trasmonte trazó la "Forma y levantado de la Ciudad de México". Es una vista que muestra la capital novohispana todavía rodeada por el lago de Texcoco, antes de que el desagüe cambiara para siempre el paisaje del valle. En ella aparecen el Palacio Real, la Catedral, las Casas del Cabildo, la Universidad, la Alameda y decenas de conventos, hospitales e iglesias.
Pocos documentos explican tan bien por qué la Ciudad de México tiene la forma que tiene, ni por qué el agua sigue siendo su gran tema pendiente. El original se conserva en la Colección Benson de la Universidad de Texas; nosotros reproducimos el Plano de Trasmonte impreso y enmarcado.
Mercator, Ortelius y la edad de oro de los Países Bajos
En 1569, Gerardus Mercator publicó un mapamundi pensado, como dice su propio título, para la navegación. Su gran invento fue la proyección que lleva su nombre: en ella, una ruta con rumbo constante se dibuja como una línea recta, algo enormemente útil para un marino con brújula. El costo fue estirar las tierras cercanas a los polos, por eso en los mapas escolares Groenlandia parece tan grande como África. Mercator lo sabía y lo advirtió: el mapa no podía llegar al polo, porque los grados de latitud crecerían hasta el infinito.
Un año después, en 1570, Abraham Ortelius publicó en Amberes el Theatrum Orbis Terrarum, considerado el primer atlas moderno: una colección de mapas con formato uniforme, pensados para verse juntos, que reunía lo mejor del conocimiento geográfico de su tiempo.
Ahí arranca la edad de oro de la cartografía neerlandesa. En Ámsterdam, casas editoriales como la de Jan Jansson, conocido como Janssonius, produjeron atlas de una belleza extraordinaria, con cartuchos decorados, barcos, monstruos marinos y relieves dibujados a mano. Sus mapas de América del Norte muestran todavía errores fascinantes, como California dibujada como una isla. Nuestra lámina América Septentrional pertenece a esa tradición, igual que la carta del Golfo de México, cuyo título original está en neerlandés.
De dibujar a medir: la triangulación
Hasta el siglo XVII, muchos mapas regionales se armaban con distancias calculadas por tiempos de viaje o con rumbos de brújula. Eso cambió en Francia. Por encargo de la Academia de Ciencias, cuatro generaciones de la familia Cassini dedicaron buena parte del siglo XVIII a levantar el mapa de todo el reino usando triangulación geodésica: una red de triángulos medidos con precisión entre puntos visibles, como torres y cimas.
El resultado fue el primer mapa topográfico y geométrico de un país entero. Es tan preciso que, si se le sobrepone una imagen satelital, los caminos coinciden de manera asombrosa. Desde entonces, hacer un mapa dejó de ser un arte de compilación y se volvió una ciencia de medición. Los grandes planos urbanos del siglo XIX, como el de Mérida, Yucatán en 1864, son herederos directos de esa manera de trabajar.
El relieve: cuando el mapa gana volumen
Medir la posición de las cosas era solo la mitad del problema; la otra mitad era representar la altura. Primero se dibujaron montañas como pequeños montículos, luego con líneas de sombreado y finalmente con curvas de nivel: líneas que unen puntos de la misma altitud. Hoy la combinación de modelos digitales de elevación y sombreado permite ver una sierra como si la iluminara el sol de la tarde.
México es un país hecho para este tipo de mapa. Del Eje Neovolcánico a las sierras madre, nuestro territorio cambia de altura de manera dramática en pocos kilómetros. Esa es la idea detrás de nuestros mapas topográficos: el relieve de Hidalgo, el de Morelos con el Popocatépetl dominando el norte del estado, y el Atlas de la República Mexicana, que une ese relieve con la estética de los atlas antiguos.
Desde el aire y desde el espacio
En el siglo XX, la cámara subió al cielo. La fotografía aérea, desarrollada sobre todo a partir de las guerras mundiales, permitió levantar mapas de regiones enteras a partir de imágenes. Con pares de fotos tomadas desde ángulos ligeramente distintos se podía reconstruir el relieve en tres dimensiones.
El 23 de julio de 1972 despegó el primer satélite del programa Landsat, entonces llamado ERTS-1, diseñado para observar los recursos de la Tierra. Desde ese día existe un registro continuo, foto tras foto, de cómo cambian los bosques, las costas y las ciudades del planeta. Un año después, en 1973, el Departamento de Defensa de Estados Unidos puso en marcha el programa que daría origen al GPS, declarado plenamente operativo en 1995. Con él, saber exactamente dónde estamos dejó de requerir el sol, las estrellas o un astrolabio: basta con un receptor del tamaño de una moneda.
Hoy: el mapa vuelve a bajar
Paradójicamente, después de llegar al espacio, la cartografía ha vuelto a acercarse al suelo. Los drones permiten fotografiar un sitio a pocos metros de altura y, con fotogrametría o LiDAR, reconstruir edificios, zonas arqueológicas y cauces de ríos con un detalle de centímetros. Es la misma pregunta de la tablilla babilónica, dónde estoy y qué me rodea, contestada con una precisión que Ptolomeo no habría podido imaginar.
Ese punto de vista, a medio camino entre el mapa y el paisaje, es el que buscamos en nuestras fotografías aéreas: ver México desde arriba para entender cómo se acomoda sobre su territorio.
Por qué seguimos amando los mapas antiguos
Un mapa satelital nos dice dónde está todo. Un mapa antiguo nos dice algo más valioso: cómo pensaba quien lo hizo, qué sabía, qué ignoraba y qué imaginaba. California como isla, Jerusalén en el centro del mundo, el lago que todavía rodeaba a la Ciudad de México: cada error y cada certeza son un retrato de su época.
Por eso los coleccionamos, los reproducimos y los colgamos en nuestras paredes. Si quieres seguir explorando, te dejamos dos lecturas de nuestra colección de guías: la Guía de Mapas Antiguos, sobre los planos que cambiaron el mundo, y la Guía de Mapas Enigmáticos, sobre los mapas más misteriosos de la historia. Y cuando quieras llevarte uno a casa, todos están en nuestra colección de Mapas antiguos.